Una lección de anatomía (de la pintura) excepcional. Fernando Castro Florez

Vivimos atrapados en “la falta de tiempo” cuando en realidad nos sobra de todo y, especialmente, somos incapaces de producir otra cosa que “acontecimientos recalentados”. El micro-ondas nos libera aparentemente de las catástrofes de la cocción aunque también provoca sus repugnantes accidentes domésticos. Valga esta penosa analogía basada en uno de los más sórdidos electrodomésticos para sugerir que a los diversos síntomas mórbidos del presente (en sentido gramsciano lo que surge cuando lo viejo no ha desaparecido y lo nuevo apenas de atisba) hay que añadir el que caracterizaré como compulsión del micro-ondas, esto es, la urgencia de calentar aquello que estaba congelado o a una temperatura que juzgamos indigesta. Nos repugna lo que está “del tiempo” (como la cerveza que no ha pasado por el rigorismo de la nevera), necesitamos de toda una chatarra-culinaria de sospechosa toxicidad: de esa cosa siniestra llamada “turbomix” al snobizado vaporizados de leche de Nespresso. La cultura y el arte, sometido a la bienalización, revela que entre sus múltiples maquinaciones no faltan estrategias semejantes a la de la compulsión sucintamente descrita.

En este país donde das una patada a una piedra y salen catorce aspirantes a master-chef, dispuestos a aprender el deconstructivo arte de esferificar una aceituna (no me lo invento entre otras cosas porque mi imaginación calenturienta no llega tan lejos) o a salpimentar la carne, como mandan los cánones del mejor restaurante del mundo (convertido el Bulli en una leyenda “documentalizada” recoge el cetro de la pirotécnica culinaria el Noma del danés Redzepi), con hormigas, tampoco faltan comisarios, curators e incluso pro-curadores que inflan el currículum en una prodigiosa gimnasia donde confluyen la vanidad, el narcisismo y las adaptabilidad casi genética del trepa. Ya señaló Pablo Helguera que el “oportunismo” era uno de los ismos decisivos de nuestra época: hay que estar preparado para hacer cualquier cosa con tal de estar en cualquier sitio para seguir participando de la comedia del arte. El discurso de la servidumbre voluntaria se quedó corto cuando contemplamos las actuales sumisiones culturales, las imposturas artísticas, las corruptelas institucionales, la complicidad para que no pase nada o, peor, el pacto de los mediocres para que todo siga igual con la impresión de que las cosas están cambiando “de forma extraordinaria”.

De nada sirve, en un momento indignante y, aparentemente, neutralizado (lo que he llamado “estado de excepción”, empleando terminología de Carl Schmidt, expandido en el ámbito de lo cultural y particularmente más allá del “interludio estético”) propagar, una vez más, las letanías del crepúsculo o adoptar la pose del nihilista (derivativa, en demasiadas ocasiones, hacia un cinismo vergonzoso), especialmente cuando estamos en aquella catástrofe que consiste en que “las cosas sigan estando así”, literalmente, en una inercia glacial. La invocación al kairos, planteada por unos jóvenes investigadores del arte contemporáneo que se han adentrado en el turbio asunto del “mercado del arte”, me parece que tiene un carácter estructuralmente crítico, porque saben que es necesario otro tiempo para el arte. Atrapar la ocasión al vuelo, en esa temporalidad que está más allá del carácter devorador de lo cronológico, no es algo fácil y, precisamente, porque el kairos implica una decisión arriesgada y también el destello de lo singular (el estremecimiento, me atrevo a añadir, de lo poético) unos jóvenes osados (solamente me permito calificar así a un grupo que se ha tenido que guiar por la curiosidad y la vocación para seguir estudiando en un tiempo y contexto socio-político netamente hostil a todo lo que tenga un filo crítico) han generado un proyecto expositivo en el que, en todos los sentidos, son ellos lo que se exponen. Seguro que recuerdan aquella caracterización baudeleriana de la crítica que tiene que ser “parcial, apasionada y política”. Su determinación en pos de lo in-audito y de impre-visto es, sencillamente, excepcional. Mínimas y poderosas razones para tener un poco de esperanza o, por lo menos, para colaborar en la generación de ocasiones donde pueda surgir algo diferente.

Agustín de Córdoba se entrega a la pintura con pasión y honestidad, completamente ajeno a las modas y sin afán de estar en “la pomada” (a la postre algo más repugnante que cosmético, una sustancia solo atractiva para aquellos que, en todos los sentidos, carecen de personalidad y solo confían en la “estrategia del trepa), un verdadero creyente en los poderes transformadores y, me atrevería a decirlo, “emancipatorios” de la experiencia estética. Su pintura que viene a someter al término de expresionando tiene que ver, en sentido estilístico, con la tradición del informalismo (aquella dinámica de la materia que trataba de dotarla de unas cualidades existenciales cercanas tanto al nihilismo cuanto a la conciencia del drama humano y del desajuste social) y también con la modificación de concepto de cuadro que asociamos al expresionismo abstracto americano (con su idea de la pintura que aumenta su escala para imponerse como un territorio en el que queda sedimentada una acción). Con una manifiesta pasión cromática y una tendencia a lo desgarrado pero sin dejar de tener un sentido especial de la composición plástica, Agustín de Córdoba lleva años pintando buscando generar una zona de intensidad que también sea un ámbito en el que podamos reconocernos a nosotros mismos como seres deseantes y, por supuesto, contradictorios. En sus obras he detectado la presencia de formas geométricas y zonas diluidas, como si el juego de orden y caos fuera el que dinamiza su imaginario. Tal vez haya una inspiración paisajística o, mejor, una voluntad de convertir al arte en una naturaleza. Lo cierto es que este creador vocacional ha encontrado en el proceso artístico la posibilidad para intensificar su vida, para soportar el implacable paso del tiempo y, también, para dialogar con los demás. Una obra de arte tiene algo de carta, esto es, es un mensaje que busca, literalmente, correspondencia. Mi “conversación” con Agustín de Córdoba ha sido, desde hace meses, completamente cibernética, compartimos mensajes en facebook y hemos tendido un puente de complicidad que tiene como suelo el paisanaje. Soy, perdón, por la declaración personal un placentino en el exilio y no quiero olvidar que algo de mi carácter y, sobre todo, de mi formación tiene que ver con esa ciudad que evoca, en todos los sentidos, el placer. He contemplado con detenimiento los cuadros abstractos y de tonalidad expresionista de Agustín de Córdoba pensando en que él es, inevitablemente, un resistente cultural que tiene que mantener la llama del arte en un lugar hermoso pero no especialmente fértil para alimentar la imaginación. Me ha sorprendido el cuadro figurativo de la lección de anatomía, la excepción a su estética informal. Tal vez esté alegorizando la experiencia de un artista que tiene que, en soledad y falta de contexto, dejarse la piel. Sin duda, la anatomía de la pintura de Agustín de Córdoba revelará sus nervios, músculos, vísceras y osamenta y todo ello dará cuenta siempre de las dos mismas dolencias y virtudes: pasión y verdad.

Fernando Castro Florez
Critico de Arte

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