Joaquín Araújo Ponciano

Si bien todos los vivos somos secuela de la luz nadie queda tan hermanado a esa primera fuente como los pintores. Ya deslumbra que la punta del pincel traslade esquirlas de lo que a todos ilumina. Luego conviene envidiar también esa destreza que exhiben al derramar sobre un lienzo formas y colores. Prodigio final es que el cuadro acabe narrando un donde, un cuando, un sueño, una idea y, a veces, solo a veces, un sentimiento.
El arte siempre me ha parecido tan cercano a la propia Natura que llegan a resultar casi indistinguibles. Creación con lo que crea. Arte del ARTE en suma.
Pero siempre hay un peldaño más, el que en esta exposición de AGUSTÍN DE CÓRDOBA vamos a subir.
Porque cuando se pinta árboles se confluye con la gran obra maestra de la historia de la vida. Nada, que no sean la luz misma y el agua, convoca, mantiene, auxilia, hospeda, proporciona, cura y embellece más este mundo que la arboleda.
De acuerdo con los antropólogos sabemos que somos como somos porque un día fuimos tan del bosque que apenas cabía establecer diferencias, como hoy se hace, entre el contenido y el continente. Acaso porque el bosque nos hizo portadores del sentido de la vista más perfecto entre los animales todos, acaso porque la primera materia prima de los primeros artistas fue madera, los chinos, fundadores del lenguaje escrito, usan el mismo pictograma para las palabras árbol y arte. A la segunda solo le añaden una tilde.
Pintar árboles es pintar, pues, arte. Una creación elevada al cuadrado. Una forma de reconocimiento y gratitud hacia lo que sabe hacer más vida con su solo estar quietos. Un debido homenaje que la destreza de AGUSTÍN DE CÓRDOBA culmina con las magníficas telas de estos GUARDIANES DEL BOSQUE.
El pintor comprende que el arte es uno de los mejores defensores del derredor.
Joaquín Araújo Ponciano
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